Agua

Un viejo mira al mar con sus tristes ojos. Su rostro esta surcado con profundas arrugas y la piel tostada por los años de sol y brisa marina. Lleva puesto un andrajo, no cuida su barba, se sienta todo el día a pescar en una silla junto a la que deja una sandalia y una muleta. Es un viejo lobo de mar que ha visto el mundo, todos sus mares, en ellos ha cazado desde pequeños corceles marinos hasta al imponente leviatán. Al cerrar los ojos recuerda sus crímenes, la sangre que tiñe la espuma y los lamentos de las olas. Se le estremece la carne y se revuelve el espíritu, ya no cierra los ojos, sino que los mantiene fijos en las aguas, en su viejo enemigo. De niño soñaba con la gloria de la cacería de ballenas, la aventura y el desafío. Ahora que es viejo, el sueño se transforma en pesadilla, en lamento e ignominia.

Empieza a morir el día y el cielo se pinta de rojo, el viejo suspira y recuerda cuando empezó todo. Fue en esta misma playa fue donde conoció el amor. Ella llegó en un barco mercante, su cabello ondulado se movía con el viento y sus labios solo sabían pronunciar los más bellos poemas. Esta mujer le dio todo, la felicidad, los sueños y sus hijos. En esta misma playa escuchó alguna vez la alegre risa de un su hijo y vio como los grandes ojos de su hija reflejaban el atardecer. Y fue en esta misma playa en la que el mar le quitó todo.

La primera en irse fue su hija. El mar se la llevó en manos de un apuesto mercante francés, se la tragó el horizonte con destino a tierras lejanas donde solo llega el olvido. Luego el mar se llevó a su hijo. Él se embarcó como pescador en un gran buque que lo llevaría al Asia exótica. La última en irse fue su amada. Ella había salido en un barco para comprar provisiones en medio de una mañana oscura que susurraba tormentas. A la costa solo llegaron algunos maderos del navío, se había hundido en las gélidas aguas, llevándose el largo pelo ondulado y la boca llena de poemas.

El dolor rompió con el humano y solo quedó la bestia. Puso todo su dinero en un gran barco pesquero y se lanzó al campo de batalla. Haría sufrir al océano tanto como el sufría, desgarraría todo lo que es preciado en el mar y no se detendrá hasta saciar su venganza. Sin importar el clima, ni a donde lo lleve el viento, se dedicó a sacar del océano toda la vida que se puede encontrar. Marlines, pulpos, centollas y ballenas murieron en la cubierta de su barco. Con sus propias manos destripaba a las criaturas, solo vendía lo suficiente para pagar a sus marineros, el resto lo arrojaba al mar. En los puertos se hablaba de un viejo loco que odiaba las aguas e insultaba al viento, mas nunca dejaba su barco. No pisó tierra por más de treinta años.

El final llegó con una mañana oscura que gritaba tormenta y revolvía las aguas. Mientras las inmensas olas de helada furia espumosa batían la nave y los pocos marineros valientes se aferraban a los mástiles, el ya viejo capitán continuaba su despiadada vendetta. Gritaba con furia al oleaje que desafiaba y solo la lluvia podía ver sus lágrimas. Una montaña de agua cubrió la nave y el viejo lobo fue lanzado por la borda. No había terminado de recobrar el aíre cuando sus fieles marineros le lanzaron un certero salvavidas. Justo en el instante en que se aferra al salvavidas, siente la filosa mordida del océano. Por encima de la superficie se asoma la terrible bestia de innumerables dientes que lo mira con su vacua mirada oscura mientras arranca carne y hueso con violentas sacudidas. El viejo toma el puñal que lleva en el cinto y ciega a la bestia, ahora la espuma del mar se tiñe de rojo.

Se acaba el día y con él la pesca. El viejo se rasca el muñón y deja de recordar. Desde que volvió a tierra no ha pescado nada, pero el rencor aún quema en él. Ya cuando el Sol toca el borde del espejo y la tiniebla anhela su entrada, el viejo siente un tirón en el sedal. De inmediato jala con todo su experto cuidado y atrae a otra presa a sus inmisericordes manos. Frente a él, las olas han arrastrado un cuerpo no más grande que el de un niño. El viejo se estremece y observa con cuidado. Un delfín juvenil sufre por el intenso oleaje, ahora encalla en la arena y llora la tristeza de no poder seguir viviendo. Al viejo se le hace un nudo en el pecho y suelta el sedal. Se pone la sandalia y toma su muleta, se escucha al delfín soltar una risa aguda. El viejo no había escuchado esa risa en mucho tiempo. Se le acerca al pobre animal y lo levanta en uno de sus fuertes brazos, se ven a los ojos detenidamente. Para el viejo, esos eran los ojos más bellos. Con un solo brazo, con una sola pierna y con fuerza implacable, el viejo enfrentó al oleaje. Nadó sin descanso hasta las aguas tranquilas, donde sucumbió al terrible cansancio. El viejo muere tranquilo en el tierno abrazo de su amada. Cierra los ojos sin miedo, pues el mar lo ha perdonado.

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