El Fantasma

En un elegante café, al sonido de un violín, veo como Miranda cruza sus bronceadas piernas. Ella es la más reciente dicha en mi vida, un hallazgo excepcional que solo se le puede atribuir al destino. La conocí al abordar un taxi mañanero justo en el centro de la ciudad, la química no se hizo a esperar y pronto me vi inducido por su agradable sonrisa. Ella es altanera y confiada, tiene pleno conocimiento de sus facultades físicas y una afilada mente para los negocios. Por esta razón, decidí abordar este cortejo con una técnica distinta. Lo usual es que yo sorprenda a la dama con un poco de lujo y derroche, fácil tarea si considero mi abundante fortuna, pero con este espécimen no deseo crear una base tan endeble como el dinero. Miranda tiene algo especial. Esta es la segunda vez que tomamos café juntos y su espontanea sensualidad ha logrado sorprenderme continuamente. Tiene un humor frío y veloz, es despiadada con la lengua y me mira con un ávido deseo lujurioso. Para un tipo como yo esto resulta ser la mujer perfecta, una de esas que pocas veces encontramos. Por esto he decidido no usar ningún tipo de carnada y lanzarme a la arena a luchar cuerpo a cuerpo, utilizaré solo mis elocuentes encantos y amena presencia para seducirla. He escogido este café por su excelente reputación, altos precios y su pulcra presentación. El local tiene vista hacia la calle lo que permite que los transeúntes puedan desviar una mirada curiosa para ver quienes están sentados en las lujosas mesas, con esto se genera la posibilidad de que alguna de las amigas de esta mujer la vea con un hermoso joven en el mejor café de la ciudad y se catalice una cadena de murmuraciones. No a todas las mujeres les gusta el chisme, pero todas participan de él. Los precios son suficientes para espantar a la prole y distinguirme como un tipo adinerado, pero no excesivos para ahuyentar a los sensatos, ni para que ella asuma que soy billonario. La mejor parte de este café es, por supuesto, el hecho de que para poder conseguir una mesa en este local a las dieciséis de un viernes es necesario tener una sólida red de contactos dentro de la élite de la ciudad. Para una mujer de negocios como Miranda, esto es lo más seductor en un hombre.

Hoy ha estado especialmente aguda, tratando de averiguar mi línea de trabajo. Yo me esforcé en evitar el asunto ya que no tenía planeado mentirle a esta dama. Parte importante de mi oficio es el anonimato, entre más personas conozcan mi rostro y mis talentos, menor es mi valor. Así que le digo que mi oficio es el de ser un fantasma, yo me encargo de asustar a los niños y de observar a las parejas desde la cama. También suelo llorar debajo de los puentes y susurrar amenazas en los oídos de los que caminan solos por la ciudad. Incluso le cuento sobre mi jefe, la grande y fría Muerte que a todos nos espera y que me utiliza a mi como su emisario nocturno para espantar a las almas. Ella lo toma como un chiste, pero es lo más cercano que se me ocurre de la verdad. Ella suelta el nudo de sus piernas y yo se las miro por debajo del cristal de la mesa, se acomoda el pelo mientras estira la espalda y mira hacia la luz rojiza del atardecer. Dice que pronto será una pesadilla tomar un taxi, yo de inmediato sugiero mi apartamento como un lugar tranquilo en donde podemos esperar a que termine la hora pico. Ella sella el negocio llamando a la mesera con un gesto despreocupado y una sonrisa de medio lado.

En el taxi, se abalanza sobre mi torso y acerca su rostro al mío con voraz apetito, pero sin tocar mis labios. Se enloquece al acariciar mis pectorales y yo le agarro con fuerza de la cintura. Es como como una cobra, esbelta y salvaje, la hipnotizo con un beso muy suave, apenas una caricia en sus labios con mi lengua mientras le arrastro mis dedos por su pelo. Ella suspira con fuerza y le dice al taxista que se apresure, yo refuerzo la petición con un fajo de billetes que lanzo en el asiento del copiloto. El taxista es fiel al dinero y hábil en las calles, sin demora estoy en casa. Primero es necesario montar la escena. Logré averiguar un poco sobre sus gustos musicales así que pongo un poco de música que sé que le va a gustar, el rock psicodélico argentino de Spinetta logrará tanto sorprenderla como seducirla. También enciendo la fogata y aromatizo el ambiente con solo tocar un botón, le ofrezco una bebida y le digo que se ponga cómoda en el suave colchón. Me disculpo uno minutos para revisar mi alcoba, deseo asegurarme de que no he dejado a la vista nada inapropiado, tampoco quiero que encuentre cierto objeto que dejé en el baño. Es una petición especial de uno de mis clientes y fue necesario dejarla en hielo. Rápidamente la pongo en una bolsa con un poco de hielo, la escondo en la caja fuerte que está detrás del espejo y limpio todo para no dejar ni un solo rastro. Me toma unos segundos, ya que he tenido suficiente práctica. Vuelvo a la sala de estar para encontrar a Miranda acostada en el sillón, mi mira como una gata y me llama con el dedo. Ya se ha quitado los tirantes de su vestido rojo y solo hace falta un gesto para dejarla desnuda. Hasta aquí los detalles, pues lo que hace un hombre no lo cuenta un caballero.

La dejé su apartamento justo antes de la media noche. Miranda se despidió con una caricia en mi entrepierna y un “no me olvides” en la oreja. Esta vez, nada de taxis. Dejé que viera mi carro, un Bentley negro del año. Degusto la mirada con sus firmes nalgas mientras sube la escalera hasta la puerta de su edificio, me sopla un beso antes de cerrar la puerta. Yo aprovecho la soledad para revisar mi celular, en él me espera un mensaje de mi informante diciendo que tiene un nuevo contrato para mí, uno muy jugoso. Conduzco de forma instintiva hacía la localidad indicada, movido por un profundo placer que brota en sonrisas. Yo adoro mi trabajo, lo haría de gratis. ¡Pagaría por hacerlo! Resulta que todo el dinero es tan solo un extra, un apéndice a la grata fortuna de dedicarme a lo que más amo y de ser endiabladamente bueno en eso. Recoger la información sobre mi objetivo es, por mucho, la parte más peligrosa de mi trabajo. Solo le temo a alguien que posea habilidades similares a las mías y es en el momento de conseguir la información cuando me encuentro más vulnerable. Parqueo mi vehículo frente a una iglesia de piedra que siempre está abierta, cuando bajo de mi carro me tomo mi tiempo para desenvolver una confitura de menta frente a un basurero metálico, dejo la basura y entro a la iglesia. Me distraigo media hora meditando y viendo el tintineo de las candelas, rodeado de unos indigentes piadosos y de una mujer que llora. Luego vuelvo al vehículo y finjo no encontrar las llaves. Corro hacia la iglesia y busco por el suelo por el que acabo de caminar con muchísimo detenimiento, salgo a la calle y rodeo mi carro con consternación, voy hasta el basurero y busco. Escondo en mi manga el sobre blanco y saco las llaves con alivio.

No leo la carta hasta que estoy en mi alcoba, escuchando suave música blues. Adentro viene una sola hoja de papel impresa por ambos lados con toda la información que yo solicito y una pequeña foto de mi presa. Es la foto de Miranda mientras sale de una tienda de ropa en una tarde de verano usando un ligero vestido floreado que me encantaría quitarle con los dientes. Pues esto es nuevo, nunca antes se habían juntado los negocios y el placer en mi vida. Ciertamente Miranda es especial, única en su clase, pero no puedo fallar a mi reputación. Yo nunca he fallado a un contrato y nunca he dejado evidencia. Lo que decidirá el destino de la mujer será el precio a pagar por ella. ¿Cuánto cuesta su vida? Es una cantidad generosa, no esperaba menos. Lástima, que lástima. Dicen que el deber mueve al hombre, pero en mi caso es la vocación. Elijo al amor verdadero, al oficio instintivo que corre por mis venas y me compele a derramar el jugo de la vida.

Como ya lo sé todo sobre Miranda, lo puedo hacer esta misma noche, justo antes de que salga el sol con mi afilado cuchillo temblando por los latidos de su corazón. La besare justo antes de que expire, será una muerte hermosa. Me deslizo por los tejados y me dejo caer hasta su balcón. Ya mi pulso se acelera y debo de acomodar mi erección. No hay placer que se le iguale a la caza. Me las ingenio para abrir la puerta de vidrio sin hacer un solo ruido y arrastro los pies con muchísimo sigilo. Desde su sala puedo ver por la puerta abierta de su cuarto la deliciosa curva que la sabana dibuja sobre su glúteo. La boca se me hace agua, pero yo resisto la prisa. Apenas cruzo el umbral de la puerta siento el jalón de un cordel en mi tobillo y se prende una luz con un destello explosivo. Miranda me espera, sentada en la cama. Solo lleva puesto un chaleco antibalas con una placa de policía, me dispara tres veces con la misma sonrisa torcida que me regaló en el café la tarde pasada. Suenan los gritos de una emboscada policial y escucho los pasos de quienes van a reclamar mi cuerpo. He sido llamado por mi jefe y tengo que partir: pienso en los pechos de Miranda, saboreo la sangre de mis labios y hundo el puñal en mi pecho.

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