Cosas Navideñas

Grinch, navidad, Costa Rica

El frío, los alisios, regalos y villancicos. Faltan diez días para la Navidad, día celebrado por todos desde tiempos inmemorables. En lo personal, ni me viene ni me va, nací desprovisto de lo que comúnmente se le llama “espíritu navideño”, de igual forma no estoy exento del intercambio de regalos. Mi hermana lleva hablando de bufandas por dos semanas, clavando la mirada y bailando las cejas, solo le faltó pedírmela a gritos. A ella le va bien en el trabajo y bien podría comprarse su bufanda, pero eso no es lo que ella quiere, ella quiere sacarme de la casa, forzarme a caminar la avenida central y buscarle un trozo de tela de colores para que ella se lo amarre al cuello y brinque en una pata cuando admita lo sorprendida que está por el regalo. Eso es la familia, a fin de cuentas yo quiero verla sonreír y que me diga un “¿Cómo supiste? Es exactamente lo que yo quería”. Así que ni modo, ducha, desayuno y al bus.

De camino voy ojeando uno de mis libros, lo compré el día anterior guiado por la fiebre navideña de gastar en algo y un colorido rótulo en la librería. Adecuadamente me compré la obra del Doctor Seuss, la historia de cómo el Grinch se robó la navidad. Trata de un bicho verde que vive dentro de un minúsculo copo de nieve, en donde la navidad es el mayor evento del año, resulta que este bicho verde detesta la navidad y decide robarse todos los regalos. No sigo leyendo, llegué a la Coca-Cola y me toca bajarme. Afuera golpea el viento con gélida fuerza, al menos así lo percibimos. Hace como catorce grados centígrados y todos usamos nuestros mejores abrigos, bufandas y guantes, saber que en otros países este clima es el de verano y cuando hace catorce grados la gente sale en bermudas y camisa de tirantes. Esto es lo más frio que conocemos, así que parece que se congeló el mundo y nos cobijamos hasta las orejas. A mí me encanta este frio, este viento que limpia la ciudad y el espíritu de sus habitantes, me detengo en la entrada de la avenida para sentirlo. Me abro el abrigo y dejo que el viento sople a través mío, al primer escalofrío vuelvo a cerrarlo y empiezo el camino.

Toda la avenida está decorada, montón de luces, pinos y nieve falsa. La mayoría de los que caminan la avenida no han visto la nieve en sus vidas, otra mayoría nunca la verán, así que se contentan con una espuma blanca que en nada se le parece. Por alguna razón la navidad se tiene que celebrar con nieve, real o no, pero tiene que nevar o no es navidad. Así vamos todos los del trópico, poniendo nieve plástica en nuestras tiendas, para tener una versión navideña más similar a lo que vemos en las películas. Realmente no le veo el sentido, si aquí no nieva tenemos que aceptarlo, celebrar la navidad sin hielo, no hace falta forrar los escaparates con plástico blanco para sentirse que estamos en el hemisferio norte. En Costa Rica también tenemos navidad y aquí no cae nieve, entonces ¿Por qué hacerlo? El que me dé una buena razón, le compro una bufanda.

Me meto a una tienda, tiene maniquíes vestidos de rojo, villancicos a todo volumen y por todo el suelo hay más de esta nieve falsa. Hago mi mejor esfuerzo para ignorar los villancicos, cantados por un grupo de mujeres españolas que hicieron un excelente negocio aquí en Costa Rica, pues parece que aquí solo existen sus villancicos. A un lado de la tienda hay una percha con varias bufandas bellísimas, de una tela suave al tacto. Escojo una perfecta, con patrón de flores. Por más que reviso no encuentro el precio y no hay nadie atendiendo, así que hago la larga fila hasta la caja. Hay como quince personas haciendo fila y otras diez recorren la tienda comprando cosas. Esto es de locos, todos salieron a comprar. Al fin es mi turno de pagar, justo a tiempo ya que me atrapé a mí mismo tarareando una de las canciones de forma inconsciente, me quedo un poco más y pierdo la cabeza. La cajera, que se le nota que ha tenido un día horrible, pasa la bufanda y me dice sin emoción alguna el precio. Cincuenta mil colones por un colorido pedazo de tela translúcido. Me quedo mirando la bufanda, era demasiado buena para ser real, me doy media vuelta, luego de ver despedirme de la muchacha y salgo en busca de algo que se adecue a mi presupuesto. ¿Quién compra esas cosas? El precio es ridículo, además no hace suficiente frio para justificar una bufanda, así que usarla es un mero capricho, comprarse una de esas es tener muchas ganas de desperdiciar dinero, ganas de que lo estafen o que le vean la cara de tonto.

Froto mis sienes para purgar los villancicos y recuperar algo de mi cordura, veo como una señora sale con cuatro bolsas de la tienda y se asoma de una de ellas la bella bufanda que no pude comprar. ¿Cuánto se habrá gastado con la excusa navideña? No sé y no me importa, tengo que encontrar otra bufanda. Ahora la avenida esta ridículamente llena, muchas familias, grupos de amigos, chiquilladas y todos llevan bolsas con cosas. Nadie está exento de las compras navideñas, es como si comprar fuese parte de la navidad. ¿Será cierto, que sin compras no hay navidad? Es la única época del año en la que se gasta de esta manera, todos participan en el consumismo desmedido, sin pensarlo siquiera gastamos todo el aguinaldo. Ahorrar pierde su significado y la palabra “descuento” tienta los bolsillos de todos, escrita en letras enormes y brillantes en la puerta de cada tienda, las personas caen en la trampa y gastan sin mesura. Comprar es parte de la navidad, una de las partes más importantes, la navidad no sería lo mismo si no nos gastamos el salario en un montón de cosas. La mayoría de estas cosas terminan en la basura, en los ríos y los mares, a fin de cuentas son cosas nada más, desprovistas del espíritu navideño que tanto añoramos, sin embargo es necesario que salgamos a comprar en familia algún regalo o algún adorno. ¿Son las cosas que compramos o el hecho de comprarlas? Se me ocurre que no es ninguna, es el hecho de recibir algo de alguien, eso es lo queremos para navidad. Queremos algo, no tiene que ser una cosa, pero cosas es lo que damos y cosas es lo que recibimos y al final todo termina en la basura, en los ríos y los mares. Ahora resulta que la navidad está en las cosas, no es algo que llevamos en el pecho ni que se encuentra entre familia, no, es algo que se compra con 30% de descuento en las últimas semanas del año.

Llego a la siguiente tienda, una de esas “skate shop” que tanto están de moda últimamente. La elijo principalmente por que no suenan villancicos adentro. Me doy una vuelta por el local y resulta que en esta tienda solo hay una bufanda y es la que lleva puesta la muchacha que atiende. Le pregunto sobre ella y donde la compró y me indica de una tiendita al final de la avenida, donde de seguro encontraré una bufanda buena, bonita y barata. No podría pedir más “B”, le agradezco y busco la salida. Justo en la entrada hay una persona disfrazada con un enorme traje, pesadas botas negras, un holgado pantalón de tela roja acolchada, un gruesísimo cinturón negro con una hebilla dorada, un pesado abrigo rojo con bordes de blanco algodón, una barba postiza y un ridículo sombrerito puntiagudo. El tipo se quita la barba y el gorro y se abraza a la puerta en búsqueda de aire, se le ve desvalido y cubierto en sudor. Estamos en el trópico y el pobre se ahoga con el calor infernal que debe de hacer dentro de ese traje. Se supone que Santa se viste así para sobrevivir en la nieve, a los menos no-sé-cuántos grados que hace en el Polo Norte. No se supone que ese abrigo se use para caminar la Avenida Central repartiendo volantes de descuento y cupones de comida.

¿Quién diablos es Santa? Él es el único responsable por el que este joven muchacho este perdiendo kilos al minuto teniendo que trabajar en ese atuendo. Este ridículo traje caliente no tiene sentido alguno en la Avenida, con un abrigo más ligero sería suficiente, pero resulta ser que el Santa Claus que conocemos fue una especie de epifanía publicitaria de los años 20 por parte de una empresa de gaseosas dulces, resulta ser que el tipo está basado en un dios antiguo que cumplía deseos ahí por el setecientos setenta y algo. Me le quedo viendo al tipo y le digo que él debería ir vestido de verde, usando unas cómodas sandalias, el me responde diciendo que va vestido como Santa se viste. El no entiende que Santa se viste como usted quiera, puede hacerle caso a la Coca Cola o puede inventarse el traje usted mismo. Es el símbolo lo que importa. ¿Cierto? El símbolo parece estar dando buenos resultados, ya que sin falta, todos los Diciembres, Santa viene a nuestras casas y nos recuerda que es momento de comprar. Salgo a la calle y me calmo, respiro hondo y levanto el olfato. Mirando al cielo, el que es, sin dejar lugar a ninguna duda, el cielo más hermoso de todo el año. La Luna brilla como un faro, tanto así que la noche deja de ser oscura, se baña de luz plateada que cubre todo el paisaje con tenues reflejos y sombras grises.

Llega a mi nariz el aromático aroma de un café, me rindo al antojo y me pido uno. Aprovecho a sacar mi librito, ya solo me quedan tres capítulos. En ellos, el Grinch sale exitoso en su delito nocturno y roba cada uno de los regalos y decoraciones navideñas que había en el pueblo, se esconde en la montaña esperando a escuchar en el viento el llanto de los Quienes. Aquí ocurrió lo más hermoso del cuento, los bichos estos que viven dentro de un minúsculo copo de nieve, sea lo que sea la nieve, en lugar de lamentarse porque ya no tenían cosas decidieron unirse aún más en comunidad y cantar de esos villancicos. Justo ahí, cuando el Grinch descubre la esencia de la Navidad, puede verla de forma pura e inalterada, justo ahí toma la errónea decisión de devolver todas las cosas a la gente. Pudo haberla dejado así, la gente dejaría de comprar tanto, se ocuparían los unos de los otros sin nada más de por medio que ellos mismos. Algo más real que dar objetos. Hablando de objetos, aún tengo que comprar una bufanda. Yo no estoy tan loco como Grinch, no me atrevería a negarle un regalo a mi hermana, esa mujer es de un temperamento terrible y si llego sin su regalo puede que me mate o, peor aún, no me da el mío. Causa gracia la ironía y el café calienta los huesos.

Camino por la estatua de la mujer gorda y la saludo con un golpecito en el hombro, nunca falta. Si se fijan, el metal de su hombro derecho esta pulido, se debe a las miles de personas que la saludan así a diario, otra parte que esta pulida es su nalga derecha. Lego al fin a la tienda de la que me habló la muchacha, está dentro de un pequeño centro. comercial. He pasado por aquí cientos de veces y nunca había notado este lugar, unas gradas llevan a un pasillo y el pasillo a todo un centro comercial interno. Aquí veo una pequeña tienda para mujeres con un rótulo que dice “Bufandas 2×1”, mi hermana quedará doblemente satisfecha. Al entrar le doy el paso a una señora gorda que viene saliendo de la tienda, le pregunto a la vendedora por las bufandas y me dice que la señora que acaba de salir se llevó las últimas cuatro. Sin perder un segundo, me doy la vuelta y persigo a la señora, la alcanzo justo en las escaleras que dan a la Avenida. Armado con toda mi honestidad, intento generar empatía en la señora para que me venda una de sus cuatro bufandas, le explico toda mi situación y lo importante que es para mí comprar una de sus cuatro bufandas. Ella dice que las cuatro son de ellas y que no me va a dar nada, se sacude y sale corriendo, diciendo algunos improperios sobre mí. Tanto por el espíritu navideño, a nadie le importa la época de la generosidad, de darse a uno mismo a los demás, del amor al prójimo y de la familia, lo que les importa son las cosas. La navidad se trata solo de los regalos y los adornos, si el Grinch se robara todo esto hoy no habría unión y amor puro, seguramente habría una revuelta en las calles. Esa señora iría al frente, quemando llantas y reclamando al Grinch por sus cuatro bufandas. Ya es de noche y los negocios cerrarán pronto, así que me devuelvo derrotado a la tienda a comprar cualquier cosa. Termino comprando uno aretes plásticos horribles, los envuelvo lo mejor que puedo y rezo que a mi hermana le gusten.

De vuelta a casa, pongo el regalo debajo del nuestro árbol plástico, arrastro los pies hasta el sillón más cercano y me derrumbo agotado. Mi hermana me encuentra en este estado y pregunta sobre mi humor. Le cuento sobre mi día, cada detalle y cada idea. Ella se ríe y me da un abrazo, me agradece, no por los aretes, sino por la intención. Lo que queremos en navidad es esto, este amor incondicional de la familia. Los objetos suelen distraernos, ocultan lo que es en verdad importante, incluso yo llegué a creer que lo que mi hermana quería era una bufanda. Nadie quiere objetos para esta navidad, una caja envuelta en papel con un juguete adentro no es suficiente. Lo que verdaderamente queremos es el cariño, la idea de que alguien pensó en nosotros y dedicó su tiempo en busca de un regalo. Sin importar quien sea realmente Santa o que en Costa Rica solo cae nieve plástica, la navidad debe ser un sentimiento y eso no debemos olvidarlo nunca.

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