Piso 100

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1

No, hoy no. No aquí, no ahora. Hace mucho frío y se que la acera está húmeda y llena de barro congelado. Suelto mis temblorosas manos de la baranda y me doy vuelta, respirando aire gélido. Bajo las escaleras de la azotea del Marigold hacia su piso número 100.

Ya dentro, considero hacer la larga bajada por las escalera, me daría tiempo para pensar en lo que casi hago. Las escaleras siempre me han recordado a mi mismo… Complicadas, cansadas… y además siempre existe una mejor alternativa, el ascensor. Toco el boton y espero a que se abran las puertas. Otro de los grandes inventos de la humanidad, como la comida rápida y el calentamiento global.

Me rasco los ojos fuertemente mientras entro en la máquina. PP, planta principal. Me siento encerrado, ya no aguanto esta mole de cemento, quiero salir inmediatamente. 100 pisos de sofisticados apartamentos familiares, dos por piso, tres habitaciones y tres baños. ¡Todo un lujo! En esta ciudad todo lugar es una pocilga, sin importar lo que diga el maldito brochure.

Ya en el lobby me preparo para enfrentar el espantoso frío que hace ahí afuera, y no me refiero al clima, sino a el de la gente. Inútiles zombies del consumismo y la rutina. Mientras la mayoría dedican su vida entera a consumir la basura que otros producen, estos otros se dedican a producir “basura nueva”, basura que tienes que tener. Miden el valor de una persona por lo que guardan en sus casas. Me cansan, todas las personas me cansan. No me agradan, los odio. Lo que mas odio de ellos es que lentamente me arrastran hacia abajo. Lentamente me convierten en uno de ellos.

Me ciño mi sueter de algodon 100% plastico, hecho en indonesia por un niño que seguramente murió de hambre y cansancio. Abro la puerta y salgo a la calle. Inmediatamente golpeo de hombros con un corporativo. Uno de esos con saco y corbata, gabardina y sombrero, estrés y una piedra por corazón. El estira el brazo y me hace caer al suelo. Ni siquiera se vuelve su mirada, no considera disculparse, no me considera del todo. Sigue su camino, como si pisotear gente fuera parte de su rutina. Ahora que lo pienso creo que lo es.

Me levanto del suelo, inútilmente trato de limpiar mis pantalones. Cruzo la calle y me dirijo a mi casa, mi apartamento. A mi propia pocilga privada. De camino veo los vestigios de la sociedad. Putas, borrachos y ladrones. Los corporativos, los masticaron, les chuparon la sangre y los dejaron sin un centavo, y en esta ciudad si no tienes dinero no eres nada. Ellos ahora tienen nueva “vida” en los callejones oscuros de el lugar más enfermizo del mundo. Admito que si yo fuera alguno de estos pobres habría tomado la salida del edificio Marigold hace mucho tiempo.

Miro hacia el cielo, a la delgada franja negra que se deja entre ver a través de los altos edificios de concreto y las tóxicas nubes de smog. Busco alguna estrella que logre dar consuelo a esta triste noche. Por supuesto fallo en mi intento. Es una campaña inútil, de igual manera se que cuando llegue a mi pocilga lo intentare de nuevo. Y una vez mas sera en vano.

Ya solo faltan algunas calles para llegar, pero el final siempre es la peor parte. El olor a cloaca se acentúa, el barro se vuelve más espeso y en este barrio ya no hay putas. En el suelo se ve la basura que dejan los borrachos, lo que han arrojado sus entrañas debido a la intoxicación. Salto por encima de uno que ha caído al suelo, inconsciente. Este no sobrevivirá la noche. Con prisa, doy los últimos pasos hasta la puerta de mi edificio, la celda  donde voluntariamente e decidido encerrarme. Sacó las llaves junto a dos hombres que rompen las bolsas de basura, buscando alguna sobra o desperdicio que les llene la panza. Al entrar escucho como pelean acaloradamente. Algo de comer a aparecido y compartir es morir de hambre, no hay suficiente para los dos.

Ocho pisos, sin el maravilloso elevador. Siempre llego agotado a mi puerta, es difícil respirar con los pulmones llenos de hollín. Mientras saco de nuevo mis llaves vuelvo a recordar el brochure de mi propio edificio. Al igual que el del Marigold, muy colorido y vistoso. Una habitación y un baño, cocina y sala de estar. Todo por un excelente precio. En esta ciudad las mentiras son un producto igual que cualquier otro, y es de los que más se venden. Lo que no dice el panfleto es que todo se encuentra en el mismo cubo de 5×5. La estufa al lado del excusado; el escusado al lado de la televisión; la televisión al lado de la cama. Agreguen a esto es usual olor a decadencia y siéntase bienvenido a mi casa.

Solo hay una cosa que me gusta de mi apartamento y es la ventana. Un pequeño espacio donde puedo ver el cielo. Ahi puse mi telescopio, apuntando hacia la franja negra. Cuando era joven los astros me atraían de sobre manera. Mundos lejanos que irradia belleza. En una noche tranquila con el cielo estrellado se puede sentir la paz más bella que existe. Sentir cómo las luces distantes tocan mi cara y alumbran el mundo es la sensacion que mas anelo. Mis sueños del espacio me llevaron a estudiar astronomía y hacer una vida de ello, una pobre decisión. Como ver las estrellas no le genera dinero a nadie esta es una carrera dispuesta al fracaso. Conseguí trabajo en el planetario de la ciudad, proyectando estrellas falsas sobre un techo falso para los que son muy vagabundos para salir de sus casas y manejar lejos de la metrópolis. Ahora mi profesión, mi pasión, es una mentira, un producto. La grandeza de las estrellas no se puede enseñar con una simple proyección de puntos luminosos en una pared. Mi trabajo consiste en enseñarle a la gente a conformarse con esto. Me gano la vida con el conformismo de la gente y poco a poco yo me acostumbro a esto.

Mis pensamientos me han hecho enojar de nuevo, así que camino por mi habitación buscando calma. Vuelvo a buscar alguna estrella en el oscuro cielo, esta vez desde mi telescopio. Al igual que hago todas las noches. Solo se ve negro, el mismo vacío inerte que que plaga esta ciudad. Alejo mi rostro del aparato, mi mano sigue firmemente ceñida a el. Siento como mi pulso se acelera, la vena en mi frente vuelve a palpitar con fuerza. El enojo que hay en mi pecho empieza a crecer, a controlarme. Repentina ira se apodera de mi, ganas de destruirlo todo. ¡Maldita ciudad que ha borrado lo que mas amo! Deseo quemarla, destruirla y escuchar cómo se derrumba la llamada “sociedad”. Tonos rojos empiezan a nublar mi vista, como pintura en agua que entra por los lados. La presión en de nudillos en el telescopio se vuelve cada vez más alta y el rechinar de mis dientes me da un fuerte dolor de cabeza. Punzadas de dolor recorren mi cuerpo. No lo aguanto más y con un grito de furia reviento mi telescopio contra el suelo, dejándolo inservible.

Termina mi trance de enojo, se va lentamente mi furia, mi rabia irracional desaparece. Miro mi telescopio, lo que e hecho. Me arrepiento…

Cada vez es más frecuente, ese color rojo, y cada vez es más fuerte. Hoy destruí mi única posesión preciada. Me detesto a mi mismo casi tanto como odio a esta ciudad ¡Demonios! Necesito un escape, y no el que el piso número 100 del edificio marigold pueda ofrecerme. Necesito salir de esta urbe.

En esta época del año se puede ver a marte a simple vista en el cielo. Tan solo una pequeña estrella roja… Mi estrella favorita. Mañana es fin de semana, mañana iré a visitarla.

2

Me levanto temprano, aunque no por decisión propia. Los ruidos de la ciudad, los trenes, los autos, la gente, me obligan a salir de mi frágil estado de sueño. Aun así, mi letargo es fuerte y me tardo una hora en salir de la cama. Tuve una pesadilla, una que ya he tenido antes. En ella me encuentro atado de manos y piernas con pesadas cadenas a una roca. Estoy de espaldas, totalmente estirado, acostado sobre el gran peñasco. Alzo mi cabeza para inspeccionar los alrededores. Hasta donde me alcanza la vista veo agua, algún líquido de color rojo. Pierdo noción del agua mientras trato de escapar de mi prisión, sólo logro lastimarme las muñecas y los tobillos. Luego noto como el el agua ha subido bastante, se me aproxima a paso lento pero firme. Al verla de cerca el líquido se parece a sangre más que a cualquier otra cosa. El nivel sube poco a poco empieza a mojar mis extremidades y luego mi espalda. La roca se mantiene firme y pesada en el suelo mientras mi angustia aumenta al ver que lo inevitable está por ocurrir. Grito con todas mis fuerzas, pero mi boca no articula ningún sonido. Mi angustia aumenta. Cuando la sangre llega a mi cabeza estiro mi cuello hacia arriba para tomar mis últimas bocanadas de aire. Antes de que el líquido se consuma miro hacia el cielo. Negro, solo oscuridad. Ninguna estrella.

Salgo de la cama y doy dos pasos a mi cocina. Tomo una taza de café instantáneo y me dispongo a salir. Me dirijo hacia las afueras de la ciudad, lugar donde las garras de los corporativos no han llegado, no del todo al menos. Allí esperaré hasta que oscurezca y tengo la esperanza de ver a mi estrella.

Me monto en mi auto y salgo. Casi nunca tengo la oportunidad de usarlo, el combustible es muy caro, así que pasa guardado en un parqueo subterráneo, acumulando polvo, hasta que se me ocurre usarlo para algo. El portón del estacionamiento se abre lentamente y la luz turbia de la ciudad empieza a asomar. Al salir el caos de la urbe no se hace esperar, puede que sean las nueve de la mañana que el ruido y el smog están en su máximo furor. Lo estarán el resto del dia. Veo a los peatones caminar con prisa excesiva, el estrés y el disgusto ha marcado sus rostros, como una cicatriz que no sana bien. Van y vienen de sus trabajos, donde lo darán todo para ganar míseros salarios. Salarios que luego gastan en cosas materiales, intento inútil de llenar el vacío que les causa esta ciudad.

Los autos se mueven de manera agresiva por la calle, cada quien quiere llegar a su destino, cueste lo que cueste. En este lugar no hay tiempo para considerar a los demás. El estruendo de frenadas, pitos y motores aturden mi mente. Subo las ventanas y prendo la radio en un intento de acallar el ruido exterior. La berreante voz de la nueva estrella adolescente suena por los parlantes. Solo un niño que por su talentosa voz ya es marioneta de los corporativos. Le generará mucho dinero a alguien y cuando pase la pubertad será olvidado por las masas y reemplazado por algo nuevo. El simple concepto me repugna.

La apago de un golpe. Dejo mi mano sobre la radio mientras siento cómo mi respiración se acelera de manera irremediable. Siento claustrofobia, no por el auto, sino por la ciudad. Sus altos muros me aplastan y asfixian. Con una larga respiración logro contener mi enojo esta vez, desconecto mi mente del ambiente y me concentro en salir de la urbe lo más pronto posible.

Me toma dos horas completas salir de la ciudad, y un par mas para alejarme de esta. Alejarme lo suficiente para que su venenosa luz no empañe mi cielo nocturno. Grandes pastizales cubren el paisaje de suaves colinas. El único sonido perceptible es el del viento que acaricia las hojas. Paz total.

Yo crecí por esta zona, aquí fui niño, aquí fui feliz. Fue en estos pastizales donde me enamoré de sus astros, de su fría serenidad. Conozco cada lugar y cada camino. Busco uno de los más intrincados, los menos usados, para así poder estar completamente solo. Aún es de día y la función no empezará hasta dentro de varias horas. Parqueo en la punta de una colina y me siento en el capó del auto.

Me acomodo y me dispongo a comer algo que traje conmigo. Al levantar la vista y ver a lo lejos recuerdo la razón por la que dejé estos hermosos paisajes. Se ve una gran área deforestada, donde cientos, sino miles de vacas engordan y esperan a ser matadas por una máquina, luego irán a engordar a los obesos de la ciudad, de igual manera a ellos les espera otro tipo de muerte. La producción en masa destruyó la vida del granjero y el agricultor sencillo. A estas profesiones se les llama ahora negocios de supervivencia, no pudieron competir con la producción masiva de carnes y vegetales, así que desaparecieron al igual que las estrellas. Las personas del campo se fueron a las ciudades o trabajan en las grandes empresas que destruyeron su estilo de vida. Ahora el granjero pertenece a los cuentos de niños, junto a las hadas y los dragones, como una criatura más que ya no existe, o nunca existió. La peor parte es que a nadie le importa, después de todo la ciudad debe de comer. Se comerá las vacas, los bosques y las personas, pero debe de comer. A nadie le importa, ni siquiera a mi.

Empieza a oscurecer, y con la oscuridad empieza mi búsqueda. Sonrió al ver la primera estrella de la noche, poco a poco se logran ver más. Las familiares constelaciones decoran el cielo con sus formas surreales. Pero por mas que miro al cielo no logro ver a mi preciada estrella roja. Me saca de mis pensamientos un ruido lamentablemente familiar, el de un automóvil que subía por la ladera. Era uno negro, uno muy elegante, muy caro. Me disgusta ver gente aquí, en mi lugar de descanso, no los quiero cerca.

El auto se detiene cerca del mío, yo vuelvo la cara al horizonte, hacia los ya oscuros campos bovinos. Prefiero ver vacas de lejos que gente de cerca. Oigo como la puerta del auto se abre, me controlo ya que no quiero que mi disgusto escale a enojo.

Lo que escucho me sorprende, una dulce voz femenina, aguda pero con un toque ronco. Pregunta por direcciones, ya que se ha perdido y quiere volver a encontrar el camino de vuelta a la ciudad. Al mirar al lugar de donde provenía esa voz, de nuevo quedé asombrado. La más hermosa mujer que jamas e visto en mi vida está ahí, de pie frente a mi. Grandes ojos verdes que parecen detener el tiempo cuando me miran con suavidad y una dulce sonrisa que guarda mil secretos acallan mi disgusto y lo desvanecen. Una larga cabellera naranja decora su cabeza y delicadas pecas cubren su nariz. Un vestido de cóctel rojo que llega hasta las rodillas destaca su esbelta figura y su tez blanca y sedosa. Ella es lo mas bello que existe, ella es mi estrella que ha bajado del cielo a verme. Ella es perfecta.

Vuelve a sonreír al notar mi silencio, he quedado atónito. Pero esa risa, estoy seguro, es capaz de crear vida. Nace dentro de mí un ser agradable que yo no conocía. Explicó que es fácil perderse por estos rumbos, ya que todo prácticamente luce igual. Con esto la hago reír y ella me regala una mirada llena de ternura. Me cuenta brevemente sobre su día en el campo y de cómo “perdieron el rumbo”. De manera sencilla le explico cómo volver a la ciudad, me agradeció con una sonrisa y yo le devolví el gesto. Hacía tanto tiempo que no se dibujaba una sonrisa en mi rostro.

Miro cómo camina hacia el auto, mientras ella abre la puerta y con su mano me dice adiós, noto como la ventana del piloto baja. Detrás del vidrio polarizado se va revelando poco a poco un rostro conocido. Es la fría cara de un corporativo, el mismo maldito con el que tropecé en el edificio Marigold. Aqui no encuentro una sonrisa ni un gesto amable. Solo una mirada amenazadora llena de desprecio, ganas de pisotear más gente y absorber más vidas. En el, en su rostro, veo la maldad. Ahora veo como la maldad se lleva a mi estrella. La hermosa figura roja es consumida en el auto y se aleja de mí por el camino de lastre.

Mi corazón se acelera, quiere reventar mi pecho, explotar por mi cabeza. De nuevo me tiembla el pulso mientras cierro los puños con fuerza.Mi vista se empaña con esa ira sangrienta. ¡Maldito corporativo! ¡Todo lo destruye, todo lo mata! ¡Maldito! ¡¡Maldito!! Ellos me han quitado todo en la vida, esta vez no…  No si yo lo puedo evitar.

Me aferro a mi enojo y me propongo a seguirlos.

3

Un sudor frío cubre mi rostro y mis manos. Dolor acalambra mi tensa mandíbula de tanto apretar los dientes. Siento que la ira me carcome. A no más de unos 200 metros, el auto del corporativo conduce a alta velocidad, y dentro de este la dulce dama que me dispongo a liberar.

El camino de vuelta fue rápido, o así lo percibí. Hemos vuelto a la ciudad, la gigantesca peste urbana. Un viento gélido corre a gran velocidad por los altos pasillos de concreto y no se ve ni una sola persona en la calle. El tránsito, en cambio, sigue rugiendo. Botando oscuros gases que son inmediatamente arrastrados por la inclemente ventisca.

Mientras conduzco, mi mirada temblorosa se desvía constantemente a la guantera de mi auto. Recuerdo que ahí la guarde, un arma de fuego, cargada y lista para usarse. La compre hace mucho, con fines bastante deprimentes. Fue la primera vez que consideré quitarme la vida. Los azotes del fuerte viento contra mi auto me hacen recuperar mi atención al camino. Veo al auto negro entrar en el parqueo de un edificio, uno familiar, el edificio Marigold. Detengo mi auto afuera del edificio, en la acera, frente a la entrada principal. Siento como mis manos tiemblan, y los fuertes latidos de mi corazón aún sacuden mi pecho. Determinado, abro la guantera y pongo mi mano en la fría arma de metal, tomo mi gabardina del asiento y bajo del auto.

El fuerte viento golpea mis ojos y el hielo en el aire no me deja respirar bien. Rápidamente estiro mi gabardina y la pongo sobre mis hombros, levantándole el cuello para proteger mi rostro. Miro hacia arriba y contemplo el edificio. Él me mira de vuelta. Ahora veo el arma aún en mi mano, inspiro fuertemente y entro a el edificio.

Los dos elevadores, uno en planta baja y el otro subiendo. Me tardé lo suficiente entrando, en ese elevador está ella, estoy seguro. Y esta él, la maldad.

Inmóvil, veo aumentar el número digital de la pantalla. 37, 38, 39… Oscuras ideas cruzan mi mente, mi cuerpo tiembla como si tuviera fiebre. 56, 57 58… De alguna manera este hombre representa todo lo que odio en este mundo, es el veneno que corre por mis venas y me mata lentamente, demasiado lento. 81, 82, 83… ¡Lo odio! ¡Quiero destruirlo! La espera me hace ansioso, siento que mis ojos van a salirse de mi cabeza. Pero mantengo la mirada fija, ya no puede faltar mucho. 98, 99, 100. Se detiene, en el piso más alto de la torre que ha visto mis peores días.

Me pretendo mover al segundo elevador y llegar hasta ella, pero he quedado congelado. Un vacío en mi estomago me detiene, ha hecho las de un ancla y mantiene mis pies firmes en el suelo. Es el mismo vacío que me detuvo cuando compre el arma, el mismo que sentí la noche anterior en la cima de este edificio. Ms dedos se clavan en la pistola, esta vez no me iba a detener, mi enojo no me lo permitiría. Presiono el botón plástico con fuerza, abordo el ascensor y marco el 100. Igual que la noche anterior, me dirijo al piso más alto con ideas siniestras en mi cabeza.

Mientras el ascensor escala, el vacío en mi estomago crece, jalandome hacia la planta baja. Siento nervios, incluso miedo. De nuevo ansioso, pienso en detenerme. Impulsivamente presiono el boton del primer piso, pero el elevador ya tiene su destino, ya no se va a detener. Se abren las puertas en el piso número cien. No muevo un solo músculo. Mi mente se frena, no pienza. Solo el sonido de mi pesada respiración rompe el silencio. La puerta se empieza a cerrar y se detiene justo antes de lograrlo. Veo mi mano deteniendo las puertas.Lentamente asomo la cabeza al pasillo, está vacío. Miro con detenimiento la puerta del apartamento 100-B, parece estar mal cerrada. Doy pasos lentos por el pasillo, acercándome a esa puerta. No le quito la mirada. Ya frente a esta, le pongo suavemente la mano encima. Es suficiente para que se abra con un chasquido. Una puerta abierta, un descuido.

Entro al apartamento con sumo cuidado, sin hacer un solo ruido. Ya dentro se escucha la bulla ahogada de una televisión. Contengo la respiración mientras me asomo a la sala de estar. Las luces son tenues, a excepción de una pequeña lámpara de mesa. Junto a la lámpara está el demonio corporativo. Aún conserva su ropa de viaje, en una mano sostiene un vaso de algún licor y en la otra un libro. Está muy concentrado en su lectura, así que no nota mi presencia. Ahora estoy de pie, en media sala de estar, viéndolo a la cara. Levanto mi arma y le apunto, justamente a su cabeza, aún así él no nota nada. Jalo el martillo de la pistola, este sonido él si lo nota. Levanta la mirada y se dibuja desconcierto en su mirada. Jalo el gatillo. Una sola bala es lo que se necesita para acabar con una vida. Es tan simple. El vaso de licor cae al piso y rueda. La sangre mancha el piso y la pared cercana.

Escucho un grito y me estremezco. A mi izquierda está la hermosa mujer que he liberado. El horror de ver los sesos de su esposo desparramados por la sala de estar desfigura su hermoso rostro. Ella vuelve su mirada hacia mi y entra en pánico. Llora y gime con terror. Yo bajo mi brazo, que aún está tenso, apuntando hacia el cadáver. La miro a los ojos y trato de calmarla, de hacerle entender que ya es libre. Ella huye hacia su habitación y yo voy tras ella.

Entro al cuarto y la veo acorralada en una esquina. Sobre la cama está el vestido rojo que ella usó en la tarde. Lo agarro con una mano y siento la suave tela en mis dedos, el vestido suelta una dulce fragancia. La miro y suavemente le pido que se ponga el vestido, que se ve hermosa en él. Sonriente me acerco para dárselo. Ya cuando estoy cerca, ella me salta encima y araña mi cara con furia. Me libero de mi atacante de un empujón, pero la ira ciega ya se ha apoderado de mi. Se nublan mis pensamientos. Con toda mi fuerza golpeo su rostro con el lado de mi arma. El inclemente metal abre una herida en su frente y la deja sin sentido en el suelo.

Ella esta sangrando, las lágrimas aún cubren sus mejillas. La miro ahí en el suelo, miro lo que he hecho, me arrepiento.

Dejo caer el arma y el vestido. Me siento débil, desgastado. Camino hacia el balcón de la habitación y abro las puertas. Dejo que el aire gélido golpee mi cara, mientras mis manos se aferran a la baranda.

Miro hacia el cielo, no hay una sola nube. Entre la gran oscuridad distingo algo. Un pequeño punto rojo de luz. Mi estrella, mi favorita. Es libre. Sonrío, me despido de ella y me lanzo al vacío.

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